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Consejos2 de septiembre de 2026

Cómo hacer un libro de recetas de tu familia, paso a paso

Guía en ocho pasos para reunir las recetas de casa, capturarlas sin teclearlas una por una y acabar con un libro impreso que se pueda heredar.

En este artículo
  1. Paso 1. Decide qué familia y qué tamaño
  2. Paso 2. Reúne las recetas antes de escribir ni una
  3. Paso 3. Captura las recetas sin transcribirlas a mano
  4. Paso 4. Traduce las medidas, pero no del todo
  5. Paso 5. Añade lo que no es receta
  6. Paso 6. Organiza el libro
  7. Paso 7. Elige cómo se ve
  8. Paso 8. Compártelo y luego imprímelo
  9. Los tres errores que más se repiten

Casi todas las familias tienen una carpeta. A veces es una caja de galletas con fichas amarillas, a veces un cuaderno con la letra de tres personas distintas, a veces un cajón con recortes de revista y sobres escritos por detrás. Y casi siempre hay dos o tres recetas que no están escritas en ninguna parte: las que solo sabe hacer una persona, de memoria, a ojo.

Ese es el material. Hacer un libro de recetas de tu familia no consiste en cocinar ni en escribir bien: consiste en rescatar eso antes de que se disperse, ordenarlo y darle una forma que se pueda tener en las manos.

Esta guía es el camino completo, en ocho pasos. Puedes hacerlo en un fin de semana si ya tienes las recetas reunidas, o a lo largo de unos meses si tienes que pedirlas. Las dos maneras funcionan.

Paso 1. Decide qué familia y qué tamaño

Antes de recopilar nada, acota. Es la decisión que más tiempo ahorra después.

Pregúntate dos cosas:

¿De quién es este libro? Puede ser el recetario de una persona (todo lo que cocinaba la abuela), de una rama (los platos de casa de los abuelos maternos) o de toda la familia extensa, con aportaciones de cada casa. Las tres opciones son buenas, pero producen libros muy distintos: el primero es un retrato, el tercero es un archivo.

¿Cuántas recetas? No hace falta un número exacto, pero sí un orden de magnitud. Un libro con 25 recetas bien elegidas se lee entero. Uno con 200 se consulta, no se lee. Si vas a imprimirlo, ten en cuenta que el libro necesita un mínimo de páginas para que el lomo aguante — unas 30 recetas suelen dar de sobra.

Un consejo que no es obvio: es mejor empezar pequeño y ampliar. El libro no se cierra el día que lo imprimes. Puedes hacer una primera edición de 30 recetas para las Navidades e imprimir otra dentro de tres años con las que hayan aparecido por el camino.

Paso 2. Reúne las recetas antes de escribir ni una

Este es el paso que hace fracasar la mayoría de los intentos, y no por falta de ganas: por logística. Alguien manda un grupo de WhatsApp, tres personas contestan "buena idea", y ahí se queda.

Lo que funciona:

  • Pide recetas concretas, no "recetas". "Mandadme vuestras recetas" no genera respuesta. "Tita, ¿me cuentas cómo haces el arroz caldoso? Que lo he intentado dos veces y no me sale" sí. La gente responde a peticiones específicas, sobre todo si van con un halago implícito.
  • Pon una fecha. Aunque sea inventada. "Quiero tenerlo montado antes del verano" convierte una idea difusa en una tarea.
  • Acepta el formato que cada uno pueda dar. Tu tía te mandará una foto de una ficha. Tu primo te escribirá un audio de cuatro minutos mientras conduce. Tu madre te lo contará por teléfono. No pidas que nadie te lo pase "bien escrito": ese requisito es exactamente lo que hace que la gente lo deje para mañana.
  • Reparte el trabajo. Si sois varios primos, que cada uno se encargue de una rama de la familia. Un libro familiar hecho por una sola persona es un proyecto; hecho por cinco, es una conversación.

Paso 3. Captura las recetas sin transcribirlas a mano

Aquí está el cuello de botella clásico. Tienes 40 recetas en fotos, audios y papeles, y por delante la perspectiva de teclearlas una por una. Es donde se abandona el proyecto.

Ya no hace falta hacerlo así. Hoy puedes capturar una receta de cinco maneras distintas sin escribirla:

  • Dictándola. La persona que la sabe la cuenta en voz alta, como se la contaría a alguien en la cocina, y el texto se transcribe y se ordena solo. Es la mejor opción para los mayores de la familia: nadie tiene que enfrentarse a un formulario.
  • Fotografiando la ficha. Una foto de la tarjeta manuscrita, del cuaderno o del recorte, y de ahí salen los ingredientes y los pasos separados.
  • Subiendo un PDF, si alguien ya tenía un documento hecho.
  • Pegando texto, cuando la receta viene de un WhatsApp o un correo.
  • Desde un enlace de Instagram, si el plato lo publicó alguien de la familia.

Sea cual sea la vía, hay una regla que no conviene saltarse: una persona revisa siempre el resultado antes de darlo por bueno. Ningún sistema automático entiende "hasta que veas que está" ni distingue si "una cucharada" era rasa o colmada. La captura te ahorra el trabajo mecánico; el criterio lo sigues poniendo tú.

En recetist, las recetas capturadas por cualquiera de estos métodos entran siempre como borrador por ese motivo. No se publican hasta que alguien las mira.

Paso 4. Traduce las medidas, pero no del todo

Las recetas familiares están escritas en un sistema de medidas propio: un vaso de los de vino, un puñado, una taza de las de café, "lo que admita", "hasta que ligue".

La tentación es convertirlo todo a gramos. Es medio error. Si lo pasas todo a números, el libro queda utilizable pero pierde la voz de quien lo dictó, que es justamente lo que lo hace distinto de cualquier receta de internet.

El equilibrio que mejor funciona:

  • Convierte las cantidades de los ingredientes a unidades estándar (gramos, mililitros, unidades). Es lo que hace que la receta se pueda cocinar sin haber estado nunca en esa cocina.
  • Conserva el lenguaje original en los pasos y en las notas. "Se sabe que está cuando el aceite deja de hacer ruido" vale más que "cocinar 8 minutos".
  • Añade un glosario al final con las palabras de casa: los nombres locales de un ingrediente, los utensilios que ya nadie usa, las medidas raras. Es una de las páginas que más se lee del libro.

Paso 5. Añade lo que no es receta

Un libro que solo tiene recetas es un manual. Lo que lo convierte en un objeto familiar es todo lo demás:

  • Quién es el autor de cada plato. Ponerle nombre a cada receta es el detalle que más cambia el libro. No es "lentejas": es "las lentejas de la abuela Carmen".
  • Una nota al pie con el contexto: cuándo se hacía, por qué, quién se lo enseñó a quién.
  • Fotos. Del plato si las tienes, pero también de la ficha manuscrita original. La letra de alguien es un retrato.
  • Una introducción de una página explicando por qué existe este libro. Escríbela tú, aunque te dé pudor. Dentro de treinta años será la página más leída.

Si de algún plato no hay ninguna foto y no vas a cocinarlo para fotografiarlo, una ilustración sencilla resuelve el hueco sin que la página quede vacía.

Paso 6. Organiza el libro

Con las recetas dentro, toca decidir el orden. Tres criterios habituales:

Por tipo de plato (entrantes, arroces, carnes, postres). Es el más práctico para cocinar y el que espera cualquiera que abra un libro de cocina.

Por persona. Un capítulo por cada miembro de la familia que aporte recetas. Convierte el libro en un retrato coral y funciona muy bien cuando hay muchas manos.

Por ocasión (Navidad, verano, domingos, cumpleaños). El más emotivo y el menos práctico. Buena opción para libros pequeños.

Si dudas, ve por tipo de plato y usa la autoría como etiqueta dentro de cada receta. Consigues las dos cosas.

Paso 7. Elige cómo se ve

El diseño no es decoración: cambia por completo la sensación del libro. Un mismo conjunto de recetas puede quedar como un libro de cocina clásico, como un recetario de los años setenta o como un libro editorial actual.

Dos cosas a vigilar por encima del gusto personal:

  • El tamaño de la letra. Si el libro es para que lo use tu madre o tu abuela, el cuerpo de texto tiene que leerse sin gafas de cerca a un brazo de distancia, en una cocina con la luz que haya. Es más importante que cualquier decisión estética.
  • Que la receta quepa bien. Un plato que se parte por la mitad en mitad de los ingredientes es incómodo de cocinar. Comprueba cómo caen las páginas antes de imprimir.

Paso 8. Compártelo y luego imprímelo

Antes de mandar nada a imprenta, pásale el libro a la familia. Dos razones:

La primera es práctica: alguien detectará que falta un ingrediente, que ese plato lo hacía el otro abuelo, que el nombre está mal escrito. Siempre pasa.

La segunda es que compartirlo genera más recetas. En cuanto la gente ve el libro montado, aparecen platos que nadie había mencionado. Es el momento en que el proyecto deja de ser tuyo y pasa a ser de todos.

Y después, imprímelo. Puede parecer un paso opcional teniendo la versión digital, pero no lo es: un libro digital se consulta y uno de papel se hereda. El de papel se mancha, se abre por la página del bizcocho, se queda en la cocina. Es el que dentro de cuarenta años alguien encontrará en una mudanza.

Si vas a regalarlo, la tapa dura merece la diferencia. Es lo que separa un recuerdo de un objeto que se guarda.

Los tres errores que más se repiten

Esperar a tenerlo todo. No vas a tener todas las recetas nunca. Cierra una primera edición con lo que haya.

Empezar por el diseño. Es la parte divertida y la que menos importa al principio. Sin recetas dentro no hay libro que maquetar.

Dejarlo para cuando haya tiempo. Es el error caro. Las recetas que solo están en la cabeza de una persona tienen fecha de caducidad, y esa fecha no la elige nadie.


Empieza por una. Llama hoy a la persona de tu familia que mejor cocina y pídele que te cuente un plato en voz alta. No hace falta que escribas nada mientras habla.

En recetist puedes crear el libro de recetas de tu familia gratis, capturar las recetas dictándolas o fotografiando las fichas, compartirlo con toda la familia por un enlace y pedirlo impreso en tapa dura cuando esté listo.

Empieza el libro de tu familia

Se empieza por una receta. Crear el libro y compartirlo es gratis.

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